Sunday, March 02, 2008

En folletos (7): La historia primitiva

De la novia de la que nada se sabe en realidad eso, pues nada se sabe. Pero seguramente le podía recriminar, como las otras, los antiguos desórdenes, antes de los cálculos y las anotaciones. Todavía con Romira Pavel Vladimirovich podía ser distraído. Lo sé porque ella me lo dijo, una vez que sí la vi despierta. Frente a nosotros me mostró unos libros que le parecían mal puestos, como una torre sin eje. Había igualmente allí una bola de papel transparente y granos de incienso. No vivían juntos porque Pavel creía que no tenían nada, pero Romira me juraba que podrían ser pareja. Esa contingencia le daba derecho a molestarse con cualquier descuido, con el polvo de una ventana, por ejemplo: nada como tener enfrente un desierto tapando la lluvia, recuerdo que me explicó, algo indignada. Y además Pavel, mal hecho, se olvidaba de su cumpleaños y de todas las fechas. Eso después no puede pagarse, que lo juraba, dijo.

La novia que se murió se reía de las cosas de Pavel cuando no se irritaba. Creo que le criticaba desde el trabajo hasta los pantalones de plises, que le añadían un bulto geométrico, vertical y prolijo. Era capaz de burlarse retrospectivamente, como esa vez de la historia del cardenal, diferido, en Manhattan. Eso no significa que a Pavel no le gustaran sus visitas. Llegaba, me contó, en la tarde, con bolsas de plástico llenas de café y queso. Cuando hacía más frío se sentaban en un sofá de mimbre; afuera, la gente se arrastraba con una prisa elegante, suponía esa mujer. A Pavel le atraían sus conjeturas: en todo peatón había una historia, un clausurado naufragio, una redención que podría o no presentarse. Esa novia tenía las manos largas, lo recordaba Pavel, y en ellas uñas similarmente largas.

Bueno, de Romira le encantaba el cuello, según Pavel, Pavel Vladimirovich, me refiero. Romira asimismo le imaginaba alguna vida, combinaba los sueños inconexos con puntuales futuros, a lo mejor más deseados. En esos descansos a Romira se le había aparecido para Pavel todo un guardarropa, y eso no debía caerle mal a nadie.

De la novia olvidada no sabría qué agregar. Digamos que tenía un lunar en un muslo; el derecho, digamos.

10 comments:

Agustina said...

De la novia rusa y olvidada caben varios recuerdos: sus dientes nicotillados. Su humor tuberculoso. Su negación de dar un paso hacia delante sin mirar, primero, para atrás. De la novia rusa y olvidada podría haber muchos más recuerdos, pero el tiempo hace que los recuerdos se oxiden y no valga la pena rescatarlos. Herrumbrosa novia rusa. Lejana estepa que se cruza en las calles sin identidades. Fantasma que quiere parecer gracioso. Pelos rojos violentando el aire. Golpe en la cara para despertar del insomnio de siempre.

Luis Moreno Villamediana said...

Agustina:

Por lo que me han contado, la difunta novia de Pavel era rusa sólo de nacimiento: nació en Moscú durante unas vacaciones de sus padres. Jamás regresó a ese país, al parecer; en ruso apenas sabía decir “ostranenie”.

Me sorprende que se haya enterado usted de que fumaba La felicito por su intuición (o sus averiguaciones). Tenía, además, un raro sentido del humor: se reía de la gente que moría aplastada por pianos de cola. Al menos murió medianamente contenta, según he oído: se acababa de comprar un nuevo tinte para el caballo, muy rojo, y una pluma fuente. Cuando salía de la tienda le cayó encima un piano de cola. No se dio cuenta, fue tan repentino… Pero no fue un piano de cola cualquiera: en él había tocado Marta Argerich, se dice.

No sé qué otras cosas se recuerdan de ella. Sí vale la pena que le diga que no era tan alta.

Gracias por su visita y su interés en esa mujer (un poco rara, cuentan).

Agustina said...

¿Y cuál era la finalidad que le daría la finada novia rusa a la pluma fuente? ¿acaso resolver crucigramas? Qué lástima que no le diera tiempo de teñirse el cabello, seguramente le sentaría muy bien.
Por otro lado, me alegra que muriera contenta, burlándose de sí misma. Veo que era una mujer coherente. No obstante, que mujer tan rara, ciertamente.

Luis Moreno Villamediana said...

Agustina:

Amigos comunes me dijeron que alguna vez esa mujer trató de completar un crucigrama con una pluma. No llegó muy lejos, como entenderá. La línea horizontal 4 pedía: “Narrador y ensayista argentino ligado a la revista Sur”, seis letras. Parece que ella, confiadamente, escribió “Borges”. Se equivocó; se trataba en realidad de Bianco. Eso le echó a perder la tarea. Por eso es mejor dedicarse a esas cosas con lápiz (número 2, preferiblemente).

Si tengo que especular, diría que pensaba usar la pluma para escribir la palabra “cuando”, que leyó en una obra de Felisberto Hernández (“Tierras de la memoria”, en NOVELAS Y CUENTOS. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1985, página 101, línea 12). No me crea mucho; cuesta adivinarle las intenciones a la gente inaudita.

Agustina said...
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agustina.en.el.tren@gmail.com said...

Cuando es una palabra espesa, renuente, caprichosa. Cuando es una palabra que sugiere lejanía, sobre todo si está acentuada con la tilde de la interrogación del tiempo. Cuando es una palabra que nunca estará aunque se le solicite, que aunque esté, se alejará rápidamente para convertirse en anhelo. Cuando es un lugar fragmentado de la memoria. Una palabra que no debe escribirse con pluma fuente, que solamente se debe escribir con lápiz punta de grafito (preferiblemente número 2 como usted aconseja). Cuando es una palabra que no sé cómo se escribe en ruso.

Luis Moreno Villamediana said...

Tiene usted razón, Agustina. Hay muchas cosas contenidas en esa elección. Quizá la difunta novia de Pavel tenía pensado escribir una frase como: “Cuando vio el reloj, se dio cuenta de que eran las cinco. Esa es la hora en que sale la condesa, cuando no está lloviendo”. Bueno, al menos eso creen algunos conocidos suyos de ella, la muerta.

Cuando sepa cómo se dice “cuando” en ruso, se lo hago saber. No sé cuándo pueda ser, eso sí.

Agustina said...

когда, dicen...

Luis Moreno Villamediana said...

Agustina:

Le agradezco diciendo благодарность.

Anonymous said...

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