Wednesday, January 14, 2009

Joyeux anniversaire! (I)

Hace unos días, el joven belga Louis Brun-Villemoyenne, alias Tintin, cumplió ochenta años. En realidad ése no es su nombre, pero debería serlo; al fin y al cabo “Louis” viene
de hluot, gloria, y weg o wig, batalla, y así se llaman los combatien­tes gloriosos y los guerreros ilustres, como él. Tampoco es tan joven: esa sucesión de semanas y meses debe traerle un susto a quien haga el recuento. No es difícil imaginarse el cansancio de Tintin ni su confusión al tratar de recordar todos los paisajes, todas las aventuras, todos los malhechores que ha encontrado desde aquel 10 de enero de 1929. Lo admirable, dice uno, es que en ese tiempo apenas se le haya alterado el peinado—tercamente rubio, tercamente soberbio en la pollina. En su viaje inicial al país de los soviets, el fulano llevaba sobre la frente un asomo, algo torpe, de ese estilo, lo que demuestra que tanto su dibujante como su coiffeuse terminaron por aprender mejor sus labores. La silueta que le conocemos es un poco más reciente, pero la manera de sortear los riesgos prácticamente es idéntica, como si desde la travesía preliminar Tintin supiera cuáles son los movimientos necesarios para esquivar las balas, quitarle el revólver al gánster, demolerlo y llevarlo a prisión. La suya es una maña bastante prematura. Podría concluirse que ese dominio del cuerpo y su entorno es una forma casi congénita de las artes marciales, una adaptación darwiniana a los peligros de una profesión raras veces ejercida—quién puede dudar que Tintin sea más reportaje que corresponsal.

De niño no fui fan de esa historieta; no sé cuántas pude leer en esa época, no recuerdo ninguna. Para mí, la infancia es el dominio de otros personajes, más sentimentales o cizañeros, muchos de Walt Disney. No debo lamentarlo: no me convertí en un adolescente, primero, y en un adulto, después, positivista; no creo en la perdición acelerada por unos hábitos primarios, convertidos en inevitables antecedentes de una posible depravación contemporánea; no comulgo enteramente con la noción de lastres inconscientes. Supongo que aquellos fervores se pueden recordar sin subordinación. Tintin me llegó tarde, es cierto, con su aire de extraña película muda repleta de lenguaje. Nunca he probado a nada más mirar esos libros, con la omisión de los recuadros que anuncian los hallazgos de la conversación y las noticias. Tampoco voy a hacerlo. Para mí es ahora suficiente esa observación marginal, la hipótesis de un nexo con los desafueros que filmaran, años antes, otro Louis, Louis Feuillade—un Louis más real—y el supremo Fritz Lang. Es una relación que se funda, por ejemplo, en la perfección de los cronómetros: la coincidencia que sigue a algún evento está medida como si fuera en verdad un acto de gracia, meditado y definido, oscuramente, por el dios de una policía cavernícola. La salvación es así de rebuscada y feliz. Es la coincidencia de Buster Keaton, pongamos, y no la de Paul Auster: es gestual, no metafísica. Cuando uno piensa que el destino de Tintin tiene que ser la muerte, aparecen Milou o los detectives tontos o el capitán borracho y lo inevitable se vuelve lo evitado. Es una paradoja montada con la coreografía de una comedia en serie; sin música, eso sí.

Igualmente unen los libros de Tintin a aquellos filmes la incongruencia de su amplitud y su economía narrativa. Los bandoleros de Les vampires de Feuillade se desplazan por todo París y los suburbios con el convencimiento de que el mal requiere la ocupación de cada distrito disponible. Los crímenes ocurren en las habitaciones de la pequeña burguesía, en estaciones de tren y en campanarios de provincia, en las bodegas de las vinaterías, en antros desertados, en bares populares y residencias veraniegas. Esa complejidad resalta el crecimiento de una sociedad que celebra lo moderno y a la vez advierte sobre sus infortunios. Allí existen sin el asombro de la novedad el teléfono y el servicio de mudanzas, pero con ellos, también, la transmisión de códigos de guarida a guarida y las trampas del desalojo súbito. Pero todo se cuenta con la disposición y la urgencia de un condenado a muerte, entre cada fragmento hay una dependencia de causa y efecto casi desprovista de torceduras o incisos. El escenario de Tintin es más completo. Sus itinerarios requieren la organización de marchas transatlánticas, de agentes de viaje que no llegamos a ver pero actúan, el concurso de aeroplanos, ferrocarriles, camiones, bicicletas… La variedad en esa obra es más temeraria que en sus antecedentes cinematográficos. Las transgresiones que le toca enmendar a Tintin ya se han metastaseado; su planeta es orgánico y ha sido corrompido impíamente. Tintin es un héroe global, el primer advenimiento, quizá, de un ciudadano que no precisa carnet de identidad porque toda nación lo admite como indígena. A pesar de su eventual racismo y de su fenotipo, el periodista belga es una galería de costumbres arrogadas y exhibidas como originarias. Y también notamos en sus expediciones la procesión de imágenes que se suceden sin mayores desvíos, con la dialéctica de lo imprescindible, de la acción y el reflejo. La vastedad del mundo y sus desventuras se relata con premura y confianza en el ahorro, de ahí que antes de acabar de leer la primera página de un libro de Tintin sepamos que alguna estafa o infracción lo acecha. Es la ventaja de entrar a un universo que ha olvidado su inauguración en el paraíso.

8 comments:

Asterión said...

Hola, Luis, y bienvenido a tu blog.

Como comentaba en otros post relacionados con Tintin, en Costa Rica la cultura del comic no está muy extendida, y creo que este personaje, al menos después de los 50-60, tampoco forma parte de nuestras infancias.

Claro, eso no evita que pueda entender la nostalgia, precisamente, por todos los dibujos, héroes y demás de la niñez; aparte de que tu artículo está muy bien construido y es sumamente sugerente.

Y bueno, a propósito de trenes descarrilados, como diría Lucas Tañeda, ¿viste que Spielberg y Jackson preparan película de Tintin para este año? Con Jackson me podría imaginar (quitemos King Kong), un buen film; pero del otro no me fío nada y probablemente saldrá con una de las suyas, como siempre.

Saludos.

Luis Moreno Villamediana said...

¡Feliz cumpleaños, Gustavo! En razón de esa fiesta aniversaria, hoy no respondo comentarios en mi blog. Las opiniones deben dejarse este día jueves en la siguiente dirección: http://asterion9.blogspot.com/. Gracias. La Casa.

Lluís Salvador said...

No te librarás tan fácilmente...
Yo sí leía a Tintín desde enano, y me ha encantado este post. tanto que lo reenvío a otros tintinólogos que conozco...
Un saludo!

Carolina said...

Lluís:
Vete a la Casa de Asterión, ya escuchaste, el dueño de esta casa se fue y puso un aviso para que nos fuéramos a la casa que está de fiesta.

Luis Moreno Villamediana said...

Gustavo:

Me alegra que te haya gustado el post. La nostalgia de la que hablas puede ser retrospectiva: a veces me pasa que quisiera tener recuerdos inventados, donde personajes como Tintin formaran parte de los hábitos de entonces. No me arrepiento de mi infancia real, que viví sin deliberación y con aquello que había. Pero no hubiera estado mal haber leído de un modo distinto “La isla negra”, por ejemplo.

Sabía del proyecto de Spielberg, el libro de McCarthy que reseñé en 500 ejemplares lo menciona. Ojalá entre él y Jackson logren algo más parecido a Indiana Jones (el inicial, al menos) que a otras cosas de SS. De todas maneras, si me animara a ver esa película lo haría con resquemores.

Y espero que tu otra celebración de cumpleaños haya sido tan movida como la original.

Lluís:

Suerte la tuya. Me imagino que te encerrabas en tu cuarto barcelonés a mirar esos álbumes con todo el asombro de la novedad. Aunque tal vez te fueras a la calle a causarles envidia a los amigos. ¿Será que la tuya, Lluís, fue una infancia de los tiempos de Franco? Sin embargo, de niño uno atiende menos a los eventos de la política de afuera que a la que hacía mover a Tintin, de la Unión Soviética a China. Y también al apetito de Milou, Milú, Snowy.

Y haciéndole honor a esos tiempos, te regalo esto, que debes repetir en voz alta en compañía de tus amigos tintinólogos: Al rey de la tintinología lo quieren destintinologizar; el destintinologizador que lo destintinologice, buen destintinologizador será. ¡A atreverse!

Lluís Salvador said...

Hola, Gustavo:
Sólo una precisión. Spielberg iba a hacer el Tintín, pero los norteamericanos dijeron que de dinero nada (ya ves, no fían ni a Spielberg), porque Tintín es personaje poco conocido y popular en los USA, de modo que el proyecto se tambaleó. Resultado, Spielberg se ha ido a los países asiáticos, y por allí le han dicho que tal vez sí quieran intervenir en el proyecto. Pero está en el aire.
Saludos!

Lluís Salvador said...

Hola, Luis:
Pues, sí, me los traían los Reyes y los leía en casa, y no, no me los llevaba a la calle. Pero los álbumes que me faltaban los leía en la biblioteca del colegio (mínima, pero con clase), con lo que todos en el colegio sabían de quien se trataba. Dejando aparte que Tintín fue un fenómeno popularísimo en España.

Y claro que tuve una infancia franquista. Como todos los de mi generación, ya provecta, que decían los clásicos. Por tanto, recibí una educación unívoca y aberrante, y no fue hasta la adolescencia que pude hacer un curso acelerado de democracia y libertad (pese a que en casa se era antifranquista pasivo; más o menos como la mayoría de hogares).
No es que Tintín me guste ahora por los recuerdos de niñez. Me gusta por su línea definida, por sus aventuras (ese tesoro de Rackham el Rojo), por su ritmo cinematográfico a veces (algo que también destacas), por ejemplo en Stock de Coque.
Después fue cuando descubrimos las planchas "alternativas", las colonialistas, etc.
Y llegó de adulto esa feroz autoparodia y casi losa sepulcral que es Tintín y los Pícaros.
Y, con todo, Tintín no puede ser obviado en la cultura del siglo XX.
Tal vez por eso me gusta. Por eso y el olor del cartoné en un día de reyes, claro.
Un saludo!

Luis Moreno Villamediana said...

Lluís:

Es cierto, Tintin no es conocido en Estados Unidos. Han tratado de ponerlo a rodar, eso sí: hace unos meses publicaron una edición muy bella de 21 de los libros de aventuras (todas menos los viajes a la Unión Soviética y al Congo y el libro final, inconcluso), en una cajita. No sé qué tanta aceptación ha podido tener. Pero bueno, que Spielberg haya tenido que irse a buscar dinero a Asia indica que los norteamericanos no están dispuestos a averiguar qué tanta aceptación ha podido tener. Ojalá a Spielberg se le olvide el asunto.

Y tienes razón, el gusto por Tintin no es sólo un aviso de la nostalgia. Muchas cosas lo siguen perpetuando: las aventuras sin límite geográfico, el sentido del humor (nombraba arriba “La isla negra” especialmente por las borracheras de Milú y otras escenas de comedia clásica), el enorme talento visual de Hergé (primera vez que menciono su nombre, deliberadamente)…

Tintin es parte de tu infancia franquista y de tu adultez democrática: eso resume bien los valores de esa historieta, su actualidad, su trascendencia. ¡Saludos!