Dios, personaje que de vez en cuando visita la obra de Jorge Luis Borges para agravar o aclarar el enredo, sirve para cerrar dos casos de El Aleph: “Los teólogos” e “Historia del guerrero y la cautiva”. Al final del primero, Borges observa: “Aureliano supo que para la insondanble divinidad, él y Juan de Panonia (el ortodoxo y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima) formaban una sola persona». En el otro cuento, el autor asocia por contraposición el caso del bárbaro Droctulft, conver¬tido a la civilización romana y defensor de Raven contra el asedio de los suyos, al caso de la inglesa capturada por los indios, que se vuelve salvaje ante la fascinación de la pampa, la atracción de la lejanía y el horizonte abierto; y concluye: “Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”.
Este Dios de Borges, si no me engaño, debe ser pariente próximo del Dios de Heráclito, que es “día y noche, invierno y verano, guerra y paz, saciedad y hambre” (Diels, fr. 67; Burnet, 36; Capelle, 45). “Para Dios, todas las cosas son justas, buenas y necesarias, en tanto que los hombres consideran injustas o legítimas determinadas cosas” (Diels, fr. 102; Burnet 61; Capelle, 48). Se trata, en el fondo, de la unión de los contrarios, como observa Clémence Ramnoux: “Bajo formas reductibles a alguna estructura gramatical simple, los enigmas repiten incansablemente el principio de la unidad de los contrarios” (cf. Héraclite ou l'homme entre les choses et les mots, Belles Lettres, 1959). El propio Borges, que en “El inmortal” se refiere a Heráclito de paso, parece repetir con frecuencia: “Hay una armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira".
Podría extender la comprobación a otros cuentos, desmenuzando El Aleph e Historia Universal de la Infamia, únicos textos de que dispongo ahora, además de los ensayos sobre Lugones y Martín Fierro; sin embargo, basta recordar su constante preocupación por totalizar y englobar—enmarañando un mundo de cosas—para superar así las antítesis; o, mejor aún, aquel ejemplo ideal que es la famosa enumeración caótica de El Aleph, destello de unidad en una vorágine de diversidades.
Todo esto necesariamente implica, aparte de un arte soberano y casi escandaloso en el gobierno de una lucidez poética (siempre a caballo de la intuición creadora), cierta franja de paralogia metafísica, impregnada de humorismo transcendente, aquel caprichoso humour borgeano que azuza nuestro espanto con el arabesco renovado y abierto de una fantasía desatada en imprevisto y agilidad. “El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta”. En Borges hay, al mismo tiempo, un zahorí y un diablo renco, un ojo clarividente al tiempo que un ojo turbio y estrábico, que mezcla las cosas por simple gusto y magia, para que parezcan más amenazadas, más imprecisas y más patéticas. De la imprecisión, una imprecisión lúcida y precisa, supo hacer un acerado instrumento de sugestiones poéticas. Fausto Cunha, al comentar un ensayo de Jorge Luis Borges, informa: “En el mismo artículo, aconseja la hipótesis de que la imprecisión es tolerable o verosímil en la literatura, porque a ella tendemos siempre en la realidad”. Ya decía Nietzsche, con implacable ironía, que ésa era la función de los poetas: entoldar las aguas para que parezcan más profundas.
Resalta el riesgo permanente de ese juego vertiginoso: con una especie de ascetismo de acrobacia estética, el autor no relaja los músculos, no se permite ni el más leve descuido homérico, y cuando mucho acepta un mínimo de ingenuidad épica—me refiero a la ingenuidad del contador de historias que también participa del relato, para que de algún modo pueda andar con piernas propias y no de la mano del autor. Por eso mismo, nosotros, los esclavos de Borges (sus lectores) intentamos de vez en cuando sacudirnos su juego, en un impulso de humana rebeldía. Creemos que Borges abusa del derecho de ser autor, o mejor, del derecho de ser Dios, pues Borges es Dios, un vrai Dieu, un Dios y un Laberinto—como ya lo demostrara el agudo Fausto Cunha, quien en Brasil comparte con Alexandre Eulálio la heredad de esa tierra encantada, la obra de Borges, y su apostolado (cf. A Luta Literaria, Liador, 1964: “Introducción a Borges como Dios y como Laberinto”). Atempera, asimismo, su fervor de padre apostólico de la nueva Iglesia con el siguiente reparo: “Decir que Borges es Dios sería jugar con una desolada metáfora. Pero más de una vez él impidió que sus creyentes incidiesen en esa superticiosa hipótesis”.
No alimento aquí la veleidad de presentarme como un cristiano nuevo convertido a la religión borgeana, una encarnación tal vez renovada de Droctulft, el longobardo poroso e impulsivo devorado por la causa ingrata del civismo romano. Apenas quería decir, abusando de los derechos de la prosa y de la pesada gravedad de la crítica, que ahora, al releer los dos cuentos referidos, aquel Dios final y catártico se me antojó una solución un tanto Deus ex machina. Pensándolo bien, no hace falta hipostasiarse en Dios cuando basta el simple buen sentido para comprender que Aureliano y Juan de Panonia, el ortodoxo y el heresiarca, el acusador y el agraviado, acaban en la Teología, cuya alma es la discordancia por medio de la exégesis; la Teología no puede vivir sin el acicate renovador de la heterodoxia.
En el otro caso, tampoco resulta necesario invocar la insondable sabiduría divina para comprender que las dos experiencias corresponden, al cabo, a la acción de una sola causa predisponedora, cuando no inmediata. No veo ninguna antinomia esencial entre el bárbaro convertido a la civitas y la inglesa barbarizada por el arriesgado vacío de la pampa, que sucumbe, como tantos pioneros ganados por el medio, al llamado de lo agreste, el call of the wild de los cronistas americanos; son dos reacciones extremadas, y apenas contrastadas, del mismo proceso aculturante. El profesor alemán que vive para sofrenar mis impulsos a golpe de fichas y comillas ahora mismo cuchichea en mi oído que basta compulsar las Dominazioni barbariche in Italia, de G. Romano, o la obra clásica de Pasquale Villari, Le invasioni barbariche, para verificar que el héroe maleable de Paulo Diacono y Croce es uno más de los conquistadores conquistados en el flujo y reflujo cultural de Occidente durante aquel período. Añade el mismo pedante armado de anteojeras que no hay un abismo insalvable entre beber la sangre viva de una oveja degollada y comer el churrasco de la abuelita inglesa de Borges, amparado en el eufemístico roast beef.
*Publicado en A forma secreta (Rio de Janeiro: Francisco Alves, 1981).



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